Como todos los días, María José se levanta muy temprano para iniciar con
sus labores. Atraviesa los grandes corredores de azaleas moviéndose con energía,
zambullendo su enorme trasero coquetamente, mientras canta las cumbias de moda,
esas que solo se escuchan en San Antero.
Antonio, que trabaja en el Ingenio, se esconde tras las palmeras del patio
para verla. La sola presencia de María José provoca en él tal excitación que
le es imposible controlarse. Ella aparenta no saberlo, pero también disfruta viéndolo
por el espejo que hay en una de las columnas del c...
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