Besé a Johanna en la boca y apenas opuso resistencia. Apretaba sus tetas
contra mi pecho. La volví a besar. Minutos más tarde estábamos enredados en
apasionados besos. Jamás pensé que resultaría tan fácil. Era obvio: el
calor, la libido regada por todas partes, la privacidad, su juventud, mi
experiencia... y nos gustabamos.
Despegué los labios y le eché por primera vez una descarada mirada a las
tetas. Decidí romper la baraja.
- Quiero comerte, Johanna...
No, no, no puedes... Soy virgen. Todo tiene remedio, Johanna. Se puede gozar
sin ...
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