Cuando tenía 15 años, me desvivía por ver a mi primo. Él y yo apenas teníamos relación alguna debido a un despego general de cariño que había en la familia, pero me encantaba coincidir con él, daba igual el lugar. Él tenía 10 años más que yo y era un tío de mirada misteriosa y semblante sereno, turbador. No podía negar que me atraía en todos los sentidos, y pese a que todo mi ser me decía que aquello no estaba bien, me era imposible dejar de recordarlo a cada segundo. Mi devoción por él comenzó una vez que nos habíamos encontrado a la puerta de un kiosko.
-¡¡Eeeey, hola primo!!.
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