Cada lunes después de cenar, de terminar de recoger un poco la cocina y ordenar la cabeza para el día siguiente se iba a la habitación. Hacía la obligada parada en el baño y comenzaba la pesada ceremonia de desmaquillarse. Era un acto tan poco reconfortante, tan desolador como recoger adornos de Navidad en febrero. Tanto derroche de color y fantasía... ¿para qué?
En los últimos días, en cambio, movía el algodón sobre sus mejillas con otro ritmo, con otra ilusión. Limpiarse los ojos y el cuello no anunciaba la llegada de la noche negra y del silencio, no era ya el prólogo del acto íntimo...
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